Triste y amargo fin de año con la muerte de "O'Rei" Pelé: Por José Luis Morales Baltazar
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- 31 dic 2022
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Messi es un velocípedo extraterrestre. Maradona, el que tenía todo para ser el mejor, y Pelé, el verdadero dios del futbol
Definir quién fue Pelé es sencillo, Pelé fue Pelé y con eso está dicho todo. En orden de importancia: el mejor jugador de futbol de todos los tiempos, el más completo, el más ejemplar; después ninguno, y luego, todos los que usted diga.
Lo ví jugar por primera vez en el mundial de Inglaterra, aquél de 1966, en donde México empató a Francia con un gol de Enrique Borja cabeceando el balón a ras del pasto.
Lo ví molido a patadas por ingleses y portugueses, hasta lesionarlo gravemente y expulsarlo del campo de batalla.
Odié a Mario Colunga, capitán de Portugal y su principal verdugo, asistido por el descarado arbitraje de los ingleses que se hicieron de la vista gorda.
Lo ví jugar en México en el 70, tal vez el mejor mundial hasta ahora, y donde Pelé brilló como Júpiter a sus 30 años de edad.

Lo seguí en el Santos por el mundo, donde los jugosos contratos que le ofrecían al equipo brasileño incluían la obligación de que Pelé participara en los partidos aunque fueran diez minutos.
Nunca quiso jugar fuera de Brasil, a pesar de que varios de los grandes conjuntos europeos, Manchester y Barcelona entre otros, le pusieron la chequera en la mesa para que anotara la cifra que quisiera.
No fue por temor o dudas sobre sus prodigiosas facultades que no lo hizo: Pelé siempre llevó a Brasil clavado en la entraña del alma, y esa fue la razón principal de que no aceptara vender su carrera al extranjero como hoy es frecuente. Pudo ganar millones y enriquecerse en pocos años, pero prefirió mantenerse cerca de la familia, de los amigos y de su amada tierra.
Tras el fracaso de México en el mundial del 70, como ya es costumbre, Guadalajara adoptó a Pelé como su hijo pródigo y México a la selección brasileña como su selección, unidos bajo el canto de un cielito lindo que nunca retumbó tan fuerte como en el Estadio Azteca.
Y Pelé con siempre, no falló, no nos falló la "verde amarela" (sic).
Rodeado de grandes jugadores a los que como su gran líder supo extraerles lo mejor de sí, la Perla Negra llevó a la selección brasileña como con batuta a la final y demostró al mundo por qué era el rey, el más grande, el mero mero petatero: el mejor jugador del planeta de todos los tiempos.
Nunca jugó en Europa, es verdad, como Messi, Maradona y muchos otros que mostraron en el Viejo Continente la enorme calidad de los romperredes latinoamericanos, pero en 3 mundiales, las mayores potencias cayeron a sus pies doblegadas por su extraordinaria forma de jugar y la magia inaudita de su futbol.
Ver tocar el balón en vivo a la selección Brasileña en 1970, fue para mí como ver a Herbert von Karajan dirigir en concierto la Novena de Beethoven; como para el marinero Juan Rodríguez a bordo de La Pinta de Colón gritar ¡tierra a la vista!, después de dos meses y nueve día de andar navegando a ciegas en las aguas tenebrosas del Atlántico… Fue, como vulgarmente se dice, tocar el cielo con los dedos

Lo que aprendí de niño de Pelé y que todavía no aprenden los jugadores profesionales...
De Pelé aprendí a mis 13 años de edad a pensar en grande cuando desde la media cancha del Azteca intentó clavarle un gol al portero uruguayo Mazurkiewicz y por poquito lo logra; de "O Rey", también aprendí que le podía saltar a un metro de altura para cabecear un balón, que se podía regatear de manera sorpresiva y espectacular para colarse entre una maraña de defensores y que se podían anotar goles desde cualquier ángulo de la cancha, de cabeza y con ambos pies, con la personalidad y elegancia de un gato de angora, de un tigre de bengala.
Aprendí a engañar a los porteros con jugadas inverosímiles, pero sobre todo algo que no les he visto mucho a Messi, Cristiano Ronaldo y otros: que el futbol es un juego de conjunto y que uno debe jugar para el equipo, porque Pelé metió más de mil goles a lo largo de su carrera, y seguro al menos otros mil si le acreditáramos como tales, los pases que cedió para sus compañeros y que también se cubrieran de gloria.
Con perdón de los seguidores de Messi y Maradona, ha muerto el verdadero rey del fútbol, Edson Arantes do Nascimento, quien marcó para siempre el corazón de millones de niños y aficionados en el mundo entero con su fascinante dominio del campo y la pelota, su elegancia y personalidad dentro del juego, su imprevisible manera de jugar y la humildad de jamás de negarle un autógrafo a quien se lo solicitaba.
En Brasil le rendirán siete días de luto, en el mundo lo recordaremos siempre, el Dios de futbol para todos.

Maradona tiene una iglesia en seguidores; Pelé el orbe completo de feligreses.
Una vez los dos astros se encontraron y el argentino se atrevió a preguntarle:
⁃ ¿Quién cree usted que sea el mejor futbolista de todos los tiempos.
Pelé, con una sonrisa a flor de labios, le respondió:
⁃ La gente dice que Pelé y yo le creo a la gente.






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