Plagiarios somos todos, Loretito: por José Luis Morales Baltazar
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- 29 dic 2022
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¿Quién no se ha fusilado una palabrita, una idea, una frase, un párrafo de un texto como para no reconocerlo y registrarlo en derechos de autor?
Un negocio que tiene años de existencia en el tianguis de libros del mercado de la Lagunilla, es la venta de tesis y tesinas universitarias.
Ahí se encuentran infinidad de copias de “investigaciones” que alguna vez se presentaron para titulación en gran cantidad de universidades, públicas y privadas.
Otra fuente de esta clase de trabajos escolares son las bibliotecas y hemerotecas del país, en donde sabiendo buscar uno encuentra lo que quiere.
En el ámbito de la escritura, “plagiar” significa copiar una idea o una obra literaria, artística o científica de otro autor, presentándola como si fuera propia”, según cierto diccionario de internet.
Para Borges, el argentino, la originalidad en el mundo de la literatura y las ideas es un mito porque no existe; todo de uno u otro modo fue dicho o escrito antes por otro, por los siglos de los siglos.
Ni la Biblia, ni el Talmud, ni el Quijote de la Mancha gozan de cabal salud.
Lo mismo se puede afirmar de lo dicho o descubierto por grandes pensadores y científicos de la historia.
Dos ejemplos de la literatura latinoamericana
Recuerdo un famoso cuento precisamente de Borges: “Funes el memorioso”, el cual trata de un personaje que tras caer de un caballo y golpearse la cabeza, adquiere una memoria prodigiosa.

Por coincidencia, me topé un día con un estudio del ruso Alexandr Luria (El memorioso, Trillas), sobre un periodista que tenía la misma facultad, tal vez el memorista más importante de todos los tiempos.
El cuento de Borges y el estudio de Luria se parecen tanto que no dudo que el argentino se haya basado en Luria para escribir su texto.
El científico y el escritor fueron contemporáneos, y a Borges le encantaba la ciencia, por lo que la “coincidencia” no parece tanta. ¿O Luria copiaría en la realidad la ficción de Borges? Parece más remoto.
“Aura”, la historia más leída de Carlos Fuentes sin duda se “inspiró” en “La cena”, de Alfonso Reyes, aunque los críticos defensores digan que se trata de una “recreación”.
Una “recreación” tan puntual como la que todas los días realizan los distintos medios de comunicación para llenar sus espacios con toda suerte de “noticias, chismes, efemérides y pseudocomentarios”, robándose “información” unos de otros, rasurándola y reescribiéndola a su modo para presentarla como algo original.

Basta entrar a una redacción de cualquier estación de radio o televisión por las mañanas para ver el destazaderero de periódicos y revistas en esas salas como materia prima diaria indispensable para conformar los noticiarios de cada mañana.
José Gutierrez Vivó renegó siempre de los “recorteros”, que no es lo mismo que reporteros, decía, pero la misma sala o mesa de redacción de Monitor estaba llena de recortes de noticias de periódicos con los que se cubría gran parte de la información que día con día se daba en ese informativo de la radio, aunque eso sí, aderezado como sólo el jefe lo podía hacer.
Pero dicho en descargo de Gutiérrez por uno de sus redactores, Guti era tan creativo y prodigioso que muchas de esas notas únicamente las tomaba como pie para dar rienda suela a su imaginación y a sus opiniones periodísticas.
Recortar, copiar, fusilar es lo que se acostumbra en todos lados y nadie en su sano juicio debería reclamar.
En Televisa, más finos y con más dinero, tienen una mesa de redacción llena de “recorteros”, que eligen las notas de medios impresos, la pasan en limpio y las adaptan para ser leída por “comunicadores” que no son tales sino simples locutores, lectores de noticias.

Carlos Loret de Mola, Loretito el chico no el grande, quien ahora denuncia con dedo flamígero (frase no mía) a la ministra Esquivel, ha recurrido a esta clase de “fusiles” (otra forma de llamar a los plagios) para montar sus noticiarios durante toda su carrera. Lo mismo hacen López Dóriga, Ciro Gómez Leyva y todos los demás “comunicadores de país”, quienes detrás suyo tienen hábiles redactores que los proveen de material de lectura maquillando.
Larga es la lista de “plagiarios de textos” en México y en el mundo, que no mencionaré porque quiero plagiarme aquí la lista de los casos más escandalosos.
A esta clases de saqueos se les llama “bibliografía”, en tesis y ensayos; “fuentes de información”, en periodismo; y “fuentes de inspiración”, en literatura, cuando en realidad son plagios, porque como reza el dicho “nada nuevo existe bajo el sol”.
No quiero sacar por simple flojera la larga lista de casos más famosos.
Plagiarios somos todos, dice Borges, y no sólo en materia de tesis y tesinas; “déjeme decirle” (por “permítame decirle”): muchos copiamos de otros hasta el modito de andar, así que basta de darse golpes de pecho.
Lo grave, señora Esquivel y anexas a quienes han agarrado con los dedos en la puerta, es no reconocerlo.
A mí que ni me señalen, porque como escritor, periodista y editor, me asumo de antemano como el mayor saqueador de mundo, pero como siempre he dicho, el que se lleva, que se aguante, porque a mí también me han robado ideas que no eran del todo mías.






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