¡Adiós, querida Rosario!: por José Luis Morales Baltazar


Rosario Ibarra de Piedra:


Hace algunos días me enteré de tu fallecimiento.


Ignoro las causas, pero seguro se te vino encima la enorme pena que cargaste durante largos años.


Fuiste una luchadora sin igual, incansable, defensora y activista de los derechos humanos, desde aquella fatídica tarde en que tu hijo no regresó a casa.


Lo buscaste por mar y tierra durante décadas que seguro se te hicieron siglos.


En este viacrucis se te unieron otras mujeres y hombres con pérdidas semejantes a la tuya y juntos llevaron a cabo un movimiento para dar con sus hijos esposos o familiares desaparecidos por razones políticas.


Años más tarde por la violencia social y la delincuencia a la que hemos llegado en México por la maldita la corrupción de policías, ministerios públicos, jueces y autoridades jurídicas, fuiste incomprendida, vilipendiada y perseguida por tus actos, como bien dijera Ricardo Monreal, pero “nunca diste tregua a tu lucha contra las desapariciones forzadas de hombres jóvenes que fueron víctimas del Estado”.


Gracias a ti y a tu movimiento, se aclararon muchas atrocidades, pero no encontraste a tu hijo porque quienes lo desaparecieron se encargaron de guardar muy bien el secreto de cómo lo asesinaron y dónde enterraron sus restos.


El Congreso de la Unión te despidió con un homenaje. Dice La Jornada que se refirieron a ti como a “mujer excepcional, de irrefutable congruencia, con su actitud siempre admirable”. Y te guardaron un minuto de silencio.


Un silencio oprobioso, Rosario, para un Parlamento que durante tantos años de sufrimientos ignoró tu lucha, igual que fuiste ignorada por los secretarios de Gobernación, presidentes en turno, y donde prácticamente ningún funcionario levantó la mano por ti y tampoco abrigó tu causa.


A pesar de todos, jamás te rendiste.

Nunca fuiste una mujer que se doblara fácilmente.


Te tocó vivir una época en la que gobierno eliminaba adversarios de manera impune y los crímenes de estado eran cosa común, pero siempre te mantuviste firme en tu demanda a pesar de los riesgos que corrías frente a los chacales:


“Vivos ser los llevaron. Vivos los queremos”.


Juntos al retrato de tu hijo sobre el pecho, este lema y las mil y una marchas que organizaste en busca de justicia, fueron tus armas de lucha frente a los poderes fácticos, una lucha, Rosario, que no terminará con tu muerte, porque encendiste una vela que no se apagará hasta que se aclare la desaparición y muerte de tantos jóvenes que hoy suman en este país, sin que nadie sepa qué sucedió con ellos.


Para José Alfredo Botello, de PAN, fuiste “un referente de las personas que buscan a un familiar hija o hijo, hermana o hermano, esposa o esposo desaparecidos y que, a la vez, como ella, no encuentran respuesta del gobierno de la República”.


Nuvia Mayorga, senadora del PRI, dice que hablar de tí, es hablar sobre la democracia en este país.


Sólo en México ocurrieron en el pasado tantas desapariciones y crímenes políticos, y hasta la fecha no se sabe nada; sólo en México pueden desaparecer de la noche a la mañana 41 estudiantes como por arte de magia; sólo en México se pueden asesinar a tantas mujeres sin encontrar a los culpables; sólo en México se pueden seguir sumando desapariciones de chicas, mujeres y hombres esfumados de la noche a la mañana.


Muchas veces te vi en marchas, Rosario, y caminé a tu lado hasta el Zócalo repitiendo tu consigna: “Vivos se los llevaron, vivos los queremos”; te recuerdo delgada, bajita de estatura, siempre con una sonrisa a flor de labios que nunca alcazaba a cubrir tu tristeza, pero no me atreví jamás a saludarte, a cruzar palabras contigo porque era mejor unirme a tu causa y luchar a tu lado, lo cual no sucedió.


Dejaste todo por buscar a tu hijo, y a los hijos y familiares de otras personas, y eso, Rosario, no te lo vamos a poder pagar hasta que esta clase de atrocidades dejen de ocurrir en México.


Perdónanos, Rosario, por no haberte comprendido ni apoyado suficientemente; por no ser tan fuertes y congruentes como tú.


Dios te tenga en su Santa gloria y que allá en el reino de los justos, encuentres el reposo que en la Tierra te arrancaron para siempre.







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