La bella voz. Por Freddy Secundino S.

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El cubano-mexicano Ángel Collado Ruiz es un poeta que cuando quiere ser (¿o no?) “intimista” es tan intenso que demasiado no puede quedarse adentro y acaba por vaciar no sólo toda su caribeña alma, sino que devela con nitidez el oficio de la escritura: una soledad a la que le sobra compañía, pero el lector se da cuenta hasta las últimas palabras de tal desfogue.

Siempre y cuando no descubra a tiempo la “misteriosa” aparición constante de elementos delatores de la soledad en un poema (la noche, el silencio, los gatos, et al).

Esa sensación produce la lectura de, si no todos, muchos de los poemas de su nuevo libro, Miradas (Groppe, Jalisco, México, 2018). Hay en ellos una constante, terca y a ratos desesperante insistencia en hacer escuchar los ruidos del silencio. Imaginación en terreno llano. La irrealidad, la utopía y, al final, la verdad: se está a solas, no solos… Porque escribir es como “enfrentar la conciencia cuando pide cuentas”. Ergo, es un estar con todos sin que se den cuenta.

Y en esa (a menudo) corrosiva angustia ante la página en blanco y el bolígrafo lleno de ideas y chorreando tinta, el poeta lanza el anzuelo al lector: “No vengas no sabría dónde poner el entusiasmo de tal viento”. Y si el mensaje es tan o se presume “intimista” que su dedicatoria (o fuente de inspiración) no pueda ocultarse, las palabras son más difíciles de plasmar con claridad (y calidad poética), pues corren el irreversible riesgo de que no gusten ni siquiera a quien las inspiró. Pero estas Miradas le son leales a su autor, “en tanto no se logra entender la furia del fuego que consume todo”… O sea, las llamas de la lectura.

Miradas es una edición de autor que debería trascender el tiraje y difusión que limita ese “pequeño detalle”. Es un libro que merece, pues, tener muchos ojos enfrente. Su autor tiene otros siete publicados, es un incansable participante en encuentros y festivales poéticos en México, Cuba y Estados Unidos. En el estado mexicano donde radica, San Luis Potosí, es coordinador del Movimiento Internacional 100 Mil Poetas por el Cambio, y pertenece al Movimiento Poetas del Mundo, representando a su país natal, Cuba.

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Ángel Collado Ruiz (Cuba-México)

https://www.facebook.com/colladoruiz

 

La noche es trampa que susurra

Escalofrío sediento

augurio

Pesadumbre por el día transcurrido

Bola que cae en la escalera

Sinfín de poemas pegados al techo

trueno, lluvia

gatos que aman la gran orgía

marea de fibra que amenaza tragarlos

No puedo centrar la vista

todo se vuelve opaco

no encuentro brújula que indique el baño

deambulo a ciegas

entre sábanas que vuelan

ella me atrapa antes de que caiga

Me dice algo al oído

Se posa deslumbrante en el marco de mi vista

Anuda, insiste

Muda dentro, muerde, asfixia,

Pone trono a mi impaciencia

Extingue ruidos

Aquieta mareas que navegan en mi mente

Ordena segundos que son vitales

Sujeta mis hombros, acerca su boca

Desciende

Besa

Sonríe

Me habita

 

Hay dolores para toda la noche

Oscuros de pasión porfía
otros pasajeros que deambulan oportunos
Más acá tocante al tema
dolores de parto entre quejidos
desgarro interno
que oculta a ojos indiscretos
magulladuras de gato
que rompen en suspiros
y atraviesan la carne
como frases dichas sin pensar

 

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Algo parecido a un poema

Me mira desde una hoja amarillenta

Se nota desde lejos saltar el mar que lleva

La fuerza de sus ojos el terso margen que descubre

Es un poema disfrazado

Con tan buen tino que hasta tiene

Ese olor a usado de viejos libros

Aroma de mujer que sabe amar

como poemas que no pasan de moda

aunque se vuelvan amarillos y el otoño ofrece

en mesas repletas de libros

que pueden ser comprados

por unas pocas monedas

Muchos pasan deseando llevar algo

una novela algo de cuentos

Te encontré sin buscarte

como se encuentra el amor al doblar una esquina

con tu piel no tan fresca

y tu olor a mares de mi tierra

Te encontré porque sin saber

sabía que te hallaría

como el raro poema que en su día no pude alcanzar

Y hoy es algo parecido a un poema

 

Te recorrí en silencio

medio prófugo, delirante
envuelto en mi desierto
atado a cuanta sed conoce
el que vaga inadvertido.
Supe entonces de la arena
que ciega y el cambiante escenario
esquivé tu llegada
guardé la distancia
sin saber que atraía
profunda noche errática
y descendí a tu abismo
como un muerto a la tierra
sin defensa alguna.

 

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Después de ver la boca sin fuerzas

que ha quedado a merced del requiebro
y la furia, al pasar la mirada en el mundo
como el que pone tristeza de su aliento
en el pobre cementerio de ojos adornados de prisa
puesta a cabalgar sobre miedos infinitos del camino
hambreados y difuntos de palabras
Tan deprimente aspecto que al pasar cedo y me detengo
en tanto busco y no encuentro el destello que fue pasado y desprovisto
de todo aquello que se esconde a mi paso como si a la vida le debiera
cuando solo fue una noche de naufragio lo ofrecido
un chispazo de locura
dado a cambio de otro tanto
cercado en la trinchera donde mueren los dolores
Sombra de guardas al calor del mediodía
para olvidar lo poco que disfraza el esqueleto
al enfrentar la conciencia
cuando pide cuentas.

 

Al centro espléndida la luz estalla

como una rosa que agita la tormenta
y mientras ella en voz alta se complace
al otro lado de la sala mis ojos la divisan
Qué puede haber más consolador en ello
para una tarde que rompe la quietud del cielo
el desatar los versos queridos del poeta
que en discreto rincón escucha sin ser visto
Afuera toda furia desatada, dentro
toda pasión de imágenes sentidas

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No vengas no sabría                                                                                                  

dónde poner el entusiasmo de tal viento
precoz llovizna del entorno
en desván de nubes poseído
no llegues
que muero si te acercas
mejor dame un poco de ilusión
una pizca venenosa de sus ojos
algún lago donde ahogar
tanta imagen obcecada
dame lo que sabes
quita el antifaz
descubre
penetra
revienta las mil venas desoladas
enjutas de la vida
para hallarla
de vuelta en los misterios
atada insondable en la memoria

 

Llorar lo ido

Aún cuando a la hora el beso inicia
entusiasmado el día
Llorar por haber sido el señalado entre muchos que luchaban
y no fueron elegidos
Llorar por el alcance irreverente al querer no haber seguido
o seguir donde lo dado a perecido
Llorar lo vivido
Llorar por amores
que al camino hicieron
placentero
Llorar para aliviar el alma
que llena de visiones sigue
entrelazada a la memoria
Llorar porque acumula la columna
el peso de costumbres
que la hicieron edificio pleno
en tanto no se logra entender
la furia del fuego que consume todo

Acerca del autor

Redacción

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