La bella voz. Por Freddy Secundino S.

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Este año se cumplen ocho décadas del fallecimiento del más grande icono de la poesía peruana y uno de los máximos exponentes del género en el siglo pasado. César Vallejo murió en París el 15 de abril de 1938. Un mes antes (16 de marzo) había cumplido 46 años de edad.

Es mucho más que maravilloso encontrarse por todo Perú a chibolos de primaria que declaman de memoria y con angelical intensidad algunos de los más laureados poemas del intensamente adictivo vate andino. En Santiago de Chuco, su tierra natal, es motivo de culto permanente. Pero otras ciudades también lo llevan como estandarte.

Acerca de César Vallejo y de su obra se han escrito infinidad de libros. El que motiva la efeméride, César Vallejo: poeta de fogón (Arteidea Grupo Editorial, Perú, 2017), es de una de las más profundas conocedoras del creador y la persona que está sepultada en París, donde vivió (y sufrió) muchos años y murió apenas comprendido y reconocido… Estaba destinado para la eternidad.

La escritora e investigadora peruana Mara L. García Sevilla (tiene más de una docena de libros publicados y múltiples reconocimientos en Perú y otros países) dio a conocer el año pasado César Vallejo: poeta de fogón. Lo presentó al público a finales de mayo, como parte del magno XVIII encuentro internacional itinerante “Capulí, Vallejo y su tierra 2017”, en cuya organización ella juega un papel muy importante, sobre todo con los participantes extranjeros. Es profesora titular de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Brigham Young, de Utah, EU.

En este libro da a conocer como primicia mundial el testamento del padre de César Vallejo, con copia facsimilar del manuscrito ante Notario Público, presentado y firmado el 22 de mayo de 1924, en Santiago de Chuco. Además, bucea en la vida y obra del sol santiaguino. Es importante para los interesados en Vallejo y necesario para los investigadores. A propósito, pues, de la efeméride, he aquí algunos de los poemas que en él se analizan y son llamaradas entre la poesía vallejiana.

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Mara L. García Sevilla (Trujillo, Perú)

https://www.facebook.com/mara.l.garcia

EL PAN NUESTRO

Se bebe el desayuno… Húmeda tierra

de cementerio huele a sangre amada.

Ciudad de invierno… ¡La mordaz cruzada

de una carreta que arrastrar parece

una emoción de ayuno encadenada!

Se quisiera tocar todas las puertas

y preguntar por no sé quién y luego

ver a los pobres y, llorando quedos,

dar pedacitos de pan fresco a todos.

¡Y saquear a los ricos sus viñedos

con las dos manos santas

que a un golpe de luz

volaron desclavadas de la cruz!

Pestaña matinal, ¡no os levantéis!

¡El pan nuestro de cada día dánoslo,

Señor…!

Todos mis huesos son ajenos:

¡yo tal vez los robé!

Yo vine a darme lo que acaso estuvo

asignado para otro.

Y pienso que si no hubiera nacido,

otro pobre tomara este café.

Yo soy un mal ladrón… ¡¿Adónde iré?!

Y en esta hora fría en que la tierra

trasciende a polvo humano y es tan triste,

quisiera yo tocar todas las puertas

Y suplicar a no sé quién perdón

¡y hacerle pedacitos de pan fresco

aquí, en el horno de mi corazón…!

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LXV

Madre, me voy mañana a Santiago,

a mojarme en tu bendición y en tu llanto.

Acomodando estoy mis desengaños y el rosado

de llaga de mis falsos trajines.

Me esperará tu arco de asombro,

las tonsuradas columnas de tus ansias

que se acaban la vida. Me esperará el patio,

el corredor de abajo con sus tondos y repulgos

de fiesta. Me esperará un sillón ayo,

aquel buen quijarudo trasto de dinástico

cuero, que para nomás rezongando a las nalgas

tataranietas, de correa a correhuela.

Estoy cribando mis cariños más puros.

Estoy ejeando. ¿No oyes jadear la sonda?

¿No oyes tascar dianas?

Estoy plasmando tu fórmula de amor

para todos los huecos de este suelo.

Oh, si se dispusieran los tácitos volantes

para todas las cintas más distantes,

para todas las citas más distintas.

Así, muerta inmortal. Así,

bajo los dobles arcos de tu sangre, por donde

hay que pasar tan de puntillas, que hasta mi padre,

para ir por allí,

humildóse hasta menos de la mitad del hombre,

hasta ser el primer pequeño que tuviste.

Así, muerta inmortal.

Entre la columnata de tus huesos

que no puede caer ni a lloros,

y a cuyo lado ni el destino pudo entrometer

ni un solo dedo suyo.

Así, muerta inmortal.

Así.

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LVIII

En la celda, en lo sólido, también

se acurrucan los rincones.

Arreglo los desnudos que se ajan,

se doblan, se harapan.

Apéome del caballo jadeante, bufando

líneas de bofetadas y de horizontes,

espumoso pie contra tres cascos.

Y le ayudo; ¡Anda, animal!

Se tomaría menos, siempre menos,

de lo que me tocase erogar,

en la celda, en lo líquido.

El compañero de prisión comía el trigo

de las lomas con mi propia cuchara,

cuando, a la mesa de mis padres, niño,

me quedaba dormido masticando.

Le soplo al otro:

Vuelve, sal por la otra esquina,

apura…, aprisa…, ¡apronta!

E inadvertido aduzco, planeo,

cabe camastro desvencijado, piadoso.

No creas. Aquel médico era un hombre sano.

Ya no reiré cuando mi madre rece

en infancia y en domingo, a las cuatro

de la madrugada, por los caminantes,

encarcelados,

enfermos

y pobres.

En el redil de niños, ya no le asestaré

puñetazos a ninguno de ellos, quien, después,

todavía sangrando lloraría: El otro sábado

te daré de mi fiambre,

¡pero no me pegues!

Ya no le diré qué bueno.

En la celda, en el gas ilimitado

hasta redondearse en la condensación,

¿quién tropieza por afuera?

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XXII

Es posible me persigan hasta cuatro

magistrados vuelto. Es posible me juzguen Pedro.

¡Cuatro humanidades justas juntas!

Don Juan Jacobo está en hacerlo

y las burlas le tiran de su soledad,

como a un tonto. Bien hecho.

Farol rotoso, el día induce a darle algo,

y pende

a modo de asterisco que se mendiga

a sí propio quizás qué enmendaturas.

Ahora que chirapa tan bonito

en esta paz de una sola línea,

aquí me tienes,

aquí me tienes, de quien yo penda,

para que sacies mis esquinas.

Y si, éstas colmadas,

te derramases de mayor bondad,

sacaré de donde no haya,

forjaré de locura otros posillos,

insaciables ganas

de nivel y amor.

Si pues siempre salimos al encuentro

de cuanto entra por otro lado,

ahora, chirapado eterno y todo,

heme, de quien yo penda,

estoy de filo todavía.

¡Heme!

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A MI HERMANO MIGUEL (In memoriam)

Hermano, hoy estoy en el poyo de la casa,

¡donde nos haces una falta sin fondo!

Me acuerdo que jugábamos a esta hora

y que mamá nos acariciaba: “Pero, hijos…”

Ahora yo me escondo,

como antes, todas estas oraciones

vespertinas, y espero que tú no des conmigo.

Por la sala, el zaguán, los corredores.

Después, te ocultas tú, y yo no doy contigo.

Me acuerdo que nos hacíamos llorar,

hermano, en aquel juego.

Miguel, tú te escondiste

una noche de agosto, al alborear.

Pero, en vez de ocultarte riendo, estabas triste.

Y tu gemelo corazón de esas tardes

extintas se ha aburrido de no encontrarte.

Y ya cae sombra en el alma.

Oye, hermano, no tardes

en salir. ¿Bueno? Puede inquietarse mamá.

 

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ENEREIDA

Mi padre, apenas,

en la mañana pajarina, pone

sus setentiocho años, sus setentiocho

ramos de invierno a solear.

El cementerio de Santiago, untado

en alegre año nuevo, está a la vista.

Cuántas veces sus pasos cortaron hacia él

y tornaron de algún entierro humilde.

¡Hoy hace mucho tiempo que mi padre no sale!

Una broma de niños se desbanda.

Otras veces le hablaba a mi madre

de impresiones urbanas, de política,

y hoy, apoyado en su bastón ilustre,

que sonara mejor en los años de la Gobernación,

mi padre está desconocido, frágil,

mi padre es una víspera.

Lleva, trae, abstraído, reliquias, cosas,

recuerdos, sugerencias.

La mañana apacible le acompaña

con sus alas blancas de hermana de caridad.

Día eterno es éste, día ingenuo, infante,

coral, oracional,

se corona el tiempo de palomas

y el futuro se puebla

de caravanas de inmortales rosas.

Padre, aún sigue todo despertando.

Es enero que canta, es tu amor

que resonando va en la eternidad.

Aún reirás de tus pequeñuelos

y habrá bulla triunfal en los vacíos.

Aún será año nuevo. Habrá empanadas

y yo tendré hambre cuando toque a misa

en el beato campanario,

el buen ciego mélico con quien

departieron mis sílabas escolares y frescas

mi inocencia rotunda.

Y cuando la mañana llena de gracia,

desde sus senos de tiempo

que son dos renuncias, dos avances de amor

que se tienden y ruegan infinito eterna vida,

cante y eche a volar verbos plurales,

jirones de tu ser,

a la borda de sus alas blancas

de hermana de caridad, ¡oh, padre mío!

 

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TRASPIÉ ENTRE DOS ESTRELLAS

¡Hay gentes tan desgraciadas, que ni siquiera

tienen cuerpo: cuantitativo el pelo,

baja, en pulgadas, la genial pesadumbre,

el modo, arriba.

No me busques la muela del olvido,

¡parecen salir del aire, sumar suspiros mentalmente, oír

claros azotes en sus paladares!

Vanse de su piel, rascándose el sarcófago en que nacen

y suben por su muerte de hora en hora

y caen a lo largo de su alfabeto gélido, hasta el suelo.

¡Ay de tanto! ¡Ay de tan poco! ¡Ay de ellas!

¡Ay en mi cuarto, oyéndolas con lentes!

¡Ay en mi tórax, cuando compran trajes!

¡Ay de mi mugre blanca, en su hez mancomunada!

¡Amadas sean las orejas sánchez,

amadas las personas que se sientan,

amado el desconocido y su señora,

el prójimo con mangas, cuello y ojos!

¡Amado sea aquel que tiene chinches,

el que lleva zapato roto bajo la lluvia,

el que vela el cadáver de un pan con dos cerillas,

el que se coge un dedo en una puerta,

el que no tiene cumpleaños,

el que perdió su sombra en un incendio,

el animal, el que parece un loro,

el que parece un hombre, el pobre rico,

el puro miserable, el pobre pobre!

¡Amado sea

el que tiene hambre o sed, pero no tiene

hambre con qué saciar toda su sed,

ni sed con qué saciar todas sus hambres!

¡Amado sea el que trabaja al día, al mes, a la hora,

el que suda de pena o de vergüenza,

aquel que va, por orden de sus manos, al cinema,

el que paga con lo que le falta,

el que duerme de espaldas,

el que ya no recuerda su niñez, amado sea

el calvo sin sombrero,

el justo sin espinas,

el ladrón sin rosas,

el que lleva reloj y ha visto a Dios,

el que tiene un honor y no fallece!

¡Amado sea el niño que cae y aún llora,

y el hombre que ha caído y ya no llora!

¡Ay de tanto! ¡Ay de tan poco! ¡Ay de ellos!

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Redacción

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